01 julio, 2015

Épica sumeria II: «Lugalbanda en las montañas»

Ya hemos introducido el «Lugalbanda» en otro de nuestros artículos, que podéis leer haciendo click aquí.
Esta vez retomamos el gran poema sumerio para tratar en profundidad su primera parte, titulada Lugalbanda en las montañas. Enmerkar, señor de Unug (otro de los muchos nombres que Uruk recibió a lo largo de la historia) marcha sobre Aratta para conquistarla. En el camino, Lugalbanda (que podría ser su hijo, pero no está del todo claro) cae mortalmente enfermo y es abandonado en una cueva en las montañas. Es interesante cómo se dedican varios versos a describir cómo el personaje cae, porque literalmente se derrumba sobre el suelo, presa de la enfermedad. Esto podría interpretarse como una primera pincelada de que será él el verdadero protagonista.
«Cuando habían recorrido la mitad del camino, andado la mitad del camino,
La enfermedad se abatió sobre él [Lugalbanda] allí; un dolor de cabeza cayó sobre él.
Como una serpiente atrapada por el cuello con una caña partida, su cuerpo se retorcía.
Como una gacela atrapada en un cepo, mordió el polvo del suelo.
Su mano destrozada no pudo devolver un apretón,
sus pies paralizados no pudieron sostenerlo de pie por más tiempo»[1].

Con Lugalbanda desmayado en el suelo, el rey Enmerkar y sus soldados se debaten qué hacer. Se barajan las posibilidades de devolverlo a Uruk o a Kulab, una ciudad a mitad de camino, pero la campaña militar es demasiado importante como para detenerla por una sola persona, aunque se trate de alguien con categoría de príncipe.
Finalmente, se decide que Lugalbanda va a tener que quedarse atrás. No obstante, es cierto que no lo abandonan simplemente, ya que aunque enfermo, sigue siendo alguien muy próximo al rey. El poema nos cuenta cómo lo llevan a un lugar cálido dentro de una montaña, porque «en aquel frío rincón, le castañeaban los dientes»[2].

Montañas de Alam Kuh, provincia de Mazandaran (Irán)


La cueva y la tumba
A pesar de que Lugalbanda no está muerto, o al menos no parece estarlo, sus compañeros y soldados disponen en el lugar en que lo tienden todos los elementos de un entierro militar o principesco. Esta es una de las partes más interesantes, ya que aporta sustanciosa información acerca de la alimentación y de los ritos funerarios de aquel momento.
La enfermedad es uno de los peores terrores en la cosmovisión mesopotámica, y difícilmente se escapaba de ella. Existen más de cincuenta criaturas entre demonios, genios y entes sobrenaturales para nombrar todos los tipos de fiebre y dolor, de manera que puede deducirse que cuando Lugalbanda se desploma en el suelo, sus compañeros no albergan muchas esperanzas de que sobreviva.
Siguiendo la traducción de Vanstiphout, le preparan un refugio con ramas trenzadas y le dejan provisiones alrededor: higos, dátiles y queso, además de carne edulcorada, huevos, cerveza, sirope de dátiles y pan. Todo esto lo colocan en recipientes de palma, «para construirle un hogar», y además utilizando la expresión «sobre la mesa sagrada y preciosa, que como nos explica el traductor, es otra de las formas de referirse a la tumba»[3]. De esta manera disponen cualquiera de los acontecimientos que puedan suceder: si Lugalbanda se recupera, podrá alimentarse y salir de la cueva; si no, deberá emprender otro viaje, mucho más complicado, al Submundo.
Con todos los ingredientes colocados alrededor de la cabeza, los soldados hacen varias mezclas de aceites, que cuelgan del techo de la cueva. El hacha de guerra de Lugalbanda se planta junto a su cabeza, y al pecho le atan un arma secundaria, probablemente una daga o puñal, que el poema describe de hierro importado de las Montañas Negras[4].

Daga ceremonial de oro. Periodo de la Temprana Dinastía de Ur, ca. 2600-2500 AEC.
Tumba PG 580.

Este pasaje resulta bastante duro, ya que se describe cómo Lugalbanda tiene los ojos abiertos de par en pan y llorosos, como diques desbordantes de agua, pero sin embargo no respira y su boca no se mueve. Tal vez podría hablarse de un estado de parálisis, de alguna manera consciente, ya que según los versos del poema, el joven enfermo es perfectamente consciente de que sus compañeros lo están preparando para enterrarlo. Incluso le palpan el cuello en busca de pulso, pero no lo encuentran.
Finalmente, abandonan la montaña mientras discuten que si Lugalbanda se levanta, volverán a por él para llevarlo a Kulab y que se recupere del todo. Pero si el Gran Sol Šamaš llama al muchacho a su lado, todo el peso de sus pulmones caerá sobre la tierra, y ellos mismos tendrán que cargar con el cadáver hasta Kulab. Los versos cuentan cómo entre llantos y lamentos, el ejército finalmente se marcha de las montañas.

Las plegarias
Si bien ningún ser humano podía escapar de la enfermedad, únicamente una intervención divina podría salvar al muchacho moribundo. Lugalbanda pasa, según el poema, dos días y medio enfermo, sin poder moverse. Cuando ha recuperado un poco las fuerzas, lo único que consigue es alzar los brazos y llamar al Sol, al poderoso Šamaš, para pedirle que le salve la vida:
« “Te saludo, Sol, ¡no permitas que siga enfermo! […]
¡No dejes que llegue mi final en estas montañas, como un estúpido!”
El Sol aceptó sus lágrimas,
y mandó para él su valor allá en aquella cueva montañosa»[5].

Entonces aparece Inanna en el cielo, y Lugalbanda de nuevo alza los brazos hacia ella y su luz:
« “Inana, si solo esto fuera mi hogar, ¡mi ciudad!
¡Si todo esto solo fuera Kulab, la ciudad donde mi madre me tuvo! […]
¡No dejes que mi cuerpo perezca en las Montañas del Ciprés!”
Inana aceptó sus lágrimas,
y con su valor le hizo dormir como el soporífero calor;
lo cubrió para que su corazón estuviera satisfecho como con un paño de lana»[6].

Por último, se persona en el lugar Nanna/Suen, padre de las dos Luminarias anteriores y señor del Firmamento, acompañado del Toro de los Cielos, y la cueva se llena de luz. Lugalbanda alza los brazos ante él por última vez, y le ofrece lo que queda de su cuerpo moribundo:
« “Rey al que nadie puede alcanzar en el cielo distante,
Suen, al que nadie puede alzancar en el cielo distante.
Soberano, amante de la justicia, el que odia el mal […].
¡Cuando tu corazón se alza encolerizado
escupes veneno al mal como una serpiente ponzoñosa!”
Suen aceptó sus lágrimas,
e hizo que sus pies se sostuvieran otra vez»[7].

Es en este momento en que la Luz vuelve a Lugalbanda, que se levanta de nuevo pero transformado en el heraldo de los dioses, en aquel al que protege la luz de las Grandes Luminarias. Si quieres saber más acerca de esta tríada de divinidades celestiales, puedes leer el artículo que les dedicamos haciendo click aquí.
Lugalbanda y las Luminarias. Ilustración de Jane Ray. 


La renovación
Bajo la luz protectora de las Luminarias, Lugalbanda sale de la cueva y, como se ha interpretado hasta el momento, vuelve a nacer. Con ayuda de los astros redescubre la cocina, la agricultura y adopta a dos animales salvajes, un buey y una cabra, a los que domestica y cuida como su pastor. Más adelante se hunde en un estado de somnolencia en donde le es revelado que debe sacrificar estos animales a los dioses que le dieron la vida. Él, en agradecimiento, no solo dispone a sus bestias como plato principal, sino que organiza un banquete para todos los dioses con los ingredientes que sus hermanos le dejaron en la cueva.
Pero al final de esta reunión divina, las fuerzas de la Oscuridad aparecen de repente, presentando batalla. Herman Vanstiphout cuenta que esta parte de las tablillas o se ha perdido o se encuentra muy deteriorada como para aventurar qué estaba escrito en ellas. Lo que sí está claro es que esta primera parte del poema Lugalbanda finaliza con el regreso del Sol, así que podemos deducir que la Luz se ha impuesto a las Tinieblas.
No obstante, lo importante es el nuevo estado conferido a Lugalbanda, que ahora es una criatura diferente al resto de seres humanos. El poema nos habla de resurgimiento, purificación y divinización, un proceso en el que el alma de un hombre se ofrece completa a las Grandes Luminarias, que lo devuelven a la vida convertido en una persona sagrada, que está destinado a cambiar el curso de los acontecimientos y a salvar a todos sus hermanos, que ya han iniciado el cerco de Aratta.



Bibliografía
The Electronic Corpus of Sumerian Literature. Faculty of Oriental Studies, University of Oxford. Recurso online.
The Pennsylvania Sumerian Dictionary. Babylonian Section of the University of Pennsylvania Museum of Anthropology and Archaeology. Recurso online.
Beaulieu, P.: The Pantheon of Uruk During the Neo-Babylonian Period. Leiden, Brill, 2003.
Michalowski, P.: «Maybe Epic: The Origins and Reception of Sumerian Heroic Poetry», en: KONSTANS, D. y RAAFLAUB, K. (eds.): Epic and History. Oxford, Blackwells. 2009, pp. 7-25.  
Vanstiphout, H. L. J. y  Cooper, J. S.: Epics of Sumerian Kings: The Matter of Aratta. Atlanta, Society of Biblical Lit, 2003.





[1] Traducción realizada por la autora a través del ECSL y la versión de Vanstiphout y Cooper, p. 109.
[2] Ibid.
[3] Ibid., p. 160.
[4] Ibid., p. 111.
[5] Ibid., p. 114-115
[6] Ibid.
[7] Ibid., p. 117.

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