04 noviembre, 2014

De los Aqueménidas a los Ghaznavíes: una breve evolución histórica

La delimitación geográfica del término moderno «Persia», según palabras de David Morgan, es la establecida por la dinastía de los reyes afavíes en el siglo xvi-xvii. Pero históricamente y especialmente durante el periodo medieval, este territorio era mucho más amplio. Por lo tanto, para la Edad Media nos referimos a Persia con una acotación geográfica que incluye Iraq, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Afganistán y Pakistán[1].


Máxima extensión del imperio Sasánida con Khosrau II (r. 590-628)
Su nombre deriva de una helenización de una de sus provincias, Persis, cuna de las dos grandes dinastías persas: los Aqueménidas (s. vi-iv aec) y los Sasánidas (s. iii-vi ec). Con la conquista árabe, hacia el año 650, el nombre se transforma en Fārs[2], un cambio que se mantiene a día de hoy. Es precisamente con la expansión militar del Islam con la que se puede iniciar este breve recorrido por la Edad Media persa.
El imperio sasánida ya estaba muy débil cuando llegaron los ejércitos musulmanes, después de un largo y agotador periodo de guerra con los bizantinos. Tras las derrotas en Qādesiyya (637) y Nihāwand (642), decisivas según Morgan[3], los árabes tardaron muy poco en engullir todo el territorio que había pertenecido a los sasánidas. Aproximadamente durante un siglo, el nuevo territorio se mantuvo bajo el gobierno del califato Umayyad de Damasco. No obstante, es interesante señalar que el zoroastrismo no fue perseguido de manera sistemática. En el capítulo anterior se señalaba que las grandes compilaciones de textos avésticos se producen en el siglo ix, lo que manifiesta una continuidad de la religión avéstica allí donde llevaba tantos siglos bien asentada.
Reducción del territorio persa en 632
El alzamiento de la dinastía Abbasí en 750 hizo que la presencia árabe en Persia se debilitase, permitiendo el surgimiento de nuevos gobiernos, en tres dinastías que Morgan denomina «independientes»[4]: los ahiríes (Khorāsān, 821-873), los afaríes (Khorāsān, 861-900) y los Sāmāníes (primero Samarkanda, después Bukhārā, 819-999). A pesar de permanecer poco tiempo en el poder, estos tres linajes fueron un punto de inflexión importante para la historia de Persia. Se trata de familias conscientes de su legado y de su identidad anterior, que pretendían recuperar aquello que los sasánidas habían creado: una fuerza independiente, con carácter y cultura propias.
Estas cortes de ascendencia persa fueron el núcleo de una potente actividad intelectual, fundamentalmente la de los Sāmāníes (mapa 3). Su contribución es especialmente sobresaliente en cuanto al impulso de un nuevo lenguaje literario que recuperase la tradición anterior –por ejemplo, es durante el gobierno de esta dinastía cuando se realizan las grandes compilaciones de textos avésticos anteriores–, patrocinando la poesía y la prosa en clave de una incipiente memoria histórica. La recolección de conocimiento acerca del pasado de Persia conoce una época de esplendor, y es precisamente en este contexto en el que se va gestando la gran hazaña literaria que sería el Šāh-nāmeh de Ferdowsī (acabado en 1010)[5].

Dominios de la dinastía Sāmāní

Con la caída de los Sāmāníes también desaparece el zoroastrismo como religión, para dar paso a los Buyíes (934-1062) en el oeste y a los Ghaznavíes (977-1189) en el este. Estas dos dinastías, paralelas en el tiempo –los primeros con capital en Širāz y los segundos en Ghazna[6] y más adelante en Lahore– son las primeras plenamente musulmanas sunníes que dominan el territorio persa.
Los Buyíes sucumbieron ante la presión de todos sus vecinos: en el sur, los abbasíes de Baghdad y los fatimíes de al-Qāhira; en el este, los Ghaznavíes y los imparables turcos selyuquíes (1037-1194), descendientes de Seljuq[7], que conquistaban territorios a pasos agigantados. Su brevedad y la preocupación por defender las fronteras de su pequeño reino hizo que sus aportaciones culturales fueran menores. Los Ghaznavíes, aunque turcos en su origen, poca relación guardaron con sus ancestros. Fueron una pieza clave en el complejo rompecabezas histórico que estos siglos suponen, ya que esta dinastía recogió el testigo de sus predecesores Sāmāníes, no solo en cuanto a sistema de gobierno, sino también en cuanto al impulso cultural. La actividad de la corte de Ghazna, casi en la frontera con India, se convirtió paradójicamente uno de los enclaves imprescindibles para la recuperación del pasado glorioso de los sasánidas (mapa 4). Durante el reinado del sultán Maḥmūd (998-1030) este poeta conocido como Ferdowsī terminó de escribir el gran relato épico Šāh-nāmeh, incrementando este sentimiento de herencia y pertenencia a la historia de Persia[8].

Dominios de la dinastía Ghaznaví




[1] Las referencias geopolíticas se han modificado para que sean acordes a la situación actual, el año 2014. Morgan apunta a que la expansión aún fue mayor, y con Khosroes II los sasánidas habrían extendido su dominio hasta Siria, Turquía y Egipto en el oeste, y Georgia y Azerbaijan en el norte. Morgan, D.: Medieval Persia 1040-1797. Londres, Longman, 1988, p. 1.
[2] La letra ‘P’ no existe en árabe. Morgan explica que los persas tuvieron que crear una nueva letra cuando se adaptaron a la caligrafía árabe para poder escribir en su propio idioma. Ibid. (nota 86), p. 1.
[3] Ibid., p. 14
[4] Las ciudades entre paréntesis corresponden a las capitales de estos tres gobiernos.
[5] Morgan, D., op. cit. (nota 1), p. 19-21.
[6] Al sur de la actual Kabul.
[7] La rama de los selyuquíes a la que se hace referencia es la después conocida como los Grandes Selyuquíes, establecidos en territorio persa.
[8] Morgan, D., op. cit. (nota 1), p. 21-24.

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