11 marzo, 2014

Un león y dos chacales: un cuento medieval

La figura del león muestra sus dos caras, como una moneda, a lo largo de toda la iconografía medieval. Bienhechor y poderoso al mismo tiempo que la viva imagen del Mal sobre la tierra, temible e implacable[1]. Antes de empezar con este magnífico animal y sus representaciones, se podría hacer un interesante guiño a la reflexión anterior sobre los ángeles: también ellos mostraban dos actitudes totalmente distintas en sus representaciones. Sería un bello apartado de reflexión cómo los seres humanos andamos siempre a la zaga de los contrarios, en la mayoría de nuestros planteamientos. Parece que de esta manera todo está equilibrado y nuestro mundo mental puede seguir funcionando correctamente.
Centrándonos a partir de ahora en la figura del león a través de su iconografía, el punto que ha resultado más interesante para estas líneas, siguiendo un criterio personal, ha sido precisamente la fácil dualidad del animal; dualidad que siempre presente en el pensamiento humano. Desde el principio de los tiempos los hombres han intentado asumir los atributos de aquello a lo que le tenían miedo. Tal vez en un intento de sentirse, como el objeto de sus miedos, reverenciados por sus iguales e inspiradores de pavor frente a sus enemigos. Los poderosos son los que más pronto y mejor asumen las funciones de una criatura como es el león, indiscutible soberano del reino animal. Es símbolo de fuerza, de pureza de sangre, de fiereza, de valor y dignidad. No es de extrañar que reyes, califas, visires y nobles pretendiesen asumir estos atributos para ellos, sus ejércitos y su linaje.
Los animales tuvieron tanto peso en épocas antiguas que perduraron hasta la aparición de las grandes religiones, como son el cristianismo y el Islam, pero su rastro primitivo nunca se perdió. Al fin y al cabo, los valores que se ensalzan del león son constantemente los mismos: fiereza, fuerza, nobleza, vileza. Ubicados en uno u otro contexto, las representaciones repiten y recuerdan estos atributos. Incluso se trataba de una tradición tan asentada que se representan como meros adornos, sin tener mayor misterio que la decoración, en los tapices, las piezas de ropa y los adornos de aguamaniles, vajilla y otros objetos de uso cotidiano.
El león es símbolo de poder y de furia guerrera. La iconografía se encargará de mostrar los motivos por los que se debe respetar a aquellos con los que se asocie. Pero lo más importante sea, quizá, que no enseñará solo a  venerar a los que sean leones, sino a temerlos.


El chacal Dimna frente al rey león Pigalaka
Miniatura de una copia persa ilustrada de Kalila wa Dimna, en Herat, 1429
Actualmente se encuentra en el Museo del Palacio de Topkapi, Estambul

Como mejor ejemplo del león soberano en el mundo oriental, se ha escogido esta miniatura de la versión persa de los cuentos Kalila wa Dimna, famosa por ser traducida en el scriptorium de Alfonso X en el siglo XIII, del árabe al romance. Sin embargo, la recopilación de relatos no fue una invención árabe, sino que provenía de una tradición muy anterior. El escrito original se titula Panchatantra, y que busca su primera redacción en el siglo III a.C.[2]. El conjunto contiene una recopilación de fábulas protagonizadas por animales, la mayoría narradas por los dos chacales que le dieron nombre a la versión árabe y después romance: Kalila y Dimna. Estos dos hermanos, Damanaka (“vencedor”) y Karataka (“aullido terrible”) en la versión original, son el hilo conductor del primer libro del Panchatantra, donde los valores como la lealtad, la mentira, la obediencia y el rencor se ponen en tela de juicio. Digamos que Kalila y Dimna siempre se las estaban arreglando para salir de los enredos en que ellos mismos se metían,  aunque las fábulas nos describen a Kalila como alguien un poco más sensato que su hermano.
La versión de Kalila wa Dimna no corresponde al texto completo del Panchatantra, sino a una selección de cuentos realizada por Abdallah ibn al-Muqaffa[3] hacia 750. En su versión, ibn al-Muqaffa introdujo una frase que resumía los capítulos, aquello más importante:
1.     Siempre hay que ser precavido cuando un amigo acuse a otro de un crimen.
2.     La verdad será revelada, tarde o temprano.
3.     La cooperación entre amigos es vital para sobrevivir.
4.     La agudeza mental y el engaño son más poderosos en el campo de batalla que la fuerza bruta.
5.     Uno siempre debe ser cuidadoso con los juicios precipitados.
Nuestra imagen representa el encuentro, en el primer libro, del chacal Dimna con el león Piṅgalaka, indiscutible soberano del bosque. El chacal consigue, mediante tretas, que el felino mate y devore a quien anteriormente había sido un buen amigo y consejero suyo, el buey Sañjīvaka. Es un ejemplo más para la asociación del león con la autoridad y el poder regio. En cuestiones artísticas, la escena muestra una leve pero evidente preocupación por el escenario, aunque con un pobre trabajo de perspectiva; sin embargo, debe subrayarse que muchas de las especies vegetales dibujadas son perfectamente reconocibles, lo que indica un cierto estudio de la naturaleza y una conciencia de espacio. Las figuras muestran una linealidad marcada y el ilustrador se reserva una cartela en la parte superior para explicar la situación.
En esta imagen el león Piṅgalaka sufre la deformación iconográfica que señala el profesor Francisco García, de la Universidad Complutense, en su artículo[4]: la disminución de su melena puede llevar a confusiones al respecto del sexo o incluso de la especie del animal. Por el texto y la tradición, sabemos que se trata de un macho. Para marcar su superioridad con respecto al chacal, animal pequeño y asociado con la elucubración y las malas ideas, se coloca al felino por encima. Además el animal es considerablemente más grande y poderoso que Dimna, que está tentando a la suerte al envenenar la mente del rey con la mentira de que su leal amigo, el buey Sañjīvaka, ha resultado ser un traidor.
Los colores son planos y las figuras no muestran interés por el volumen. La importancia de esta representación es clarificar el texto superior, señalar a los personajes y dar pistas sobre el cambio que se avecina en la historia. Es interesante que, salvando el detalle de la melena, ambos animales presentan una anatomía precisa y correcta; probablemente el iluminador tuvo el placer de contemplar ejemplares de león en la corte de los timuríes, gobernadores de Persia por aquel entonces. Aparece también cierta humanización en los rostros, para concebir su naturaleza humana en la fábula.


Pigalaka mata a Sañjīvaka mientras Dimna y Kalila observan

Como triste desenlace del cuento, hemos escogido otra imagen del mismo manuscrito, la siguiente en la línea temporal, donde Piṅgalaka está efectivamente matando a su amigo el buey, ante la mirada de los dos escurridizos chacales, Dimna y Kalila. Dimna está satisfecho porque ha conseguido aquello que se proponía, mientras que Kalila, dice el cuento, no se puede creer lo que está viendo. Es muy interesante observar cómo el león está agarrando al buey, y cómo busca las venas de la ingle para provocarle un corte mortal, que lo desangre en poco tiempo. Posiblemente el artista hubiese tenido la suerte de ver a estos magníficos ejemplares cazando y acabando con sus víctimas de una manera letal y feroz.



[1] El profesor Francisco García escribía sobre las imágenes de los leones en una escena bíblica. Ver: GARCÍA, Francisco, “Daniel en el foso de los leones”; en: GONZÁLEZ HERNANDO, Irene (dir.), Revista Digital de Iconografía Medieval, Vol. I, nº 1, 2009, pp. 11-24.
[2] Sobre esta cuestión, los investigadores no terminar de ponerse de acuerdo. Se atribuye el primer Panchatantra a Vishnu Sharma, que lo habría escrito en sánscrito, pero por todo el territorio indio de multiplican las versiones y las copias, lo que dificulta una datación precisa. Sobre este asunto ver: Edgerton, Franklin, The Panchatantra Reconstructed, Connecticut, American Oriental Series Volumes 2–3, 1924.
[3] Como dato curioso, este autor no era de origen árabe, sino persa, que se convirtió al Islam después de la llegada de los Omeya conquistadores al territorio que antes habían ocupado los sasánidas. A pesar de convertirse, no debía tener un planteamiento ideológico muy acorde con la dinastía reinante, ya que el califa Omeya al-Mansur lo mandó ejecutar por desmembramiento en 757. LATHAM, J. Derek, “Ebn al-Moqaffa”, Encyclopædia Iranica, vol. VIII, fasc. 1, pp. 39-43, 1997.
[4] GARCÍA GARCÍA, Francisco de Asís, “El león”, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. I, nº 2, pp. 33-46.

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