17 marzo, 2014

Khamsa, el talismán medieval islámico

Las manos se han asociado a contextos mágicos, divinos y poderosos desde el mismo inicio de los tiempos. Sin embargo, no valían las manos de cualquiera. En tiempos remotos, eran los chamanes o los brujos aquellos que poseían el poder para curar con las palmas, lo que se conoce como taumaturgia, y que se mantendría viva en el pensamiento cultural hasta nuestros propios días. ¿Quién no ha escuchado la expresión “tener manos milagrosas”?
Si escuchamos “mano de Fátima” probablemente no tendremos problema en imaginar de qué estamos hablando. ¿Pero por qué se la conoce por este nombre? Los investigadores no se ponen de acuerdo al respecto. En su artículo sobre la iconografía de este símbolo, Noelia Silva de la Universidad Complutense de Madrid exponía a través de lo estudiado por Jean-Loïc Le Quellec, dos teorías diferentes[1]: la primera, que es por causa del asentamiento europeo en el Norte de África durante la época del protectorado, época durante la cual era muy popular, especialmente entre las tropas francesas, llamar “Fátima” a todas las mujeres musulmanas en gesto despectivo. La otra es simplemente relacionar el talismán con la propia Fátima, la hija favorita de Muhammad, aunque no existe una conexión documentada entre ambas cosas.
Lo que está medianamente claro es que, para los musulmanes, el símbolo no se llama así. Se la conoce como khamsa. Khamsa es simplemente el número cinco, pero una cosa tan sencilla en apariencia esconde un trasfondo a veces inabarcable. Si bien al inicio fue la adaptación de una práctica beduina[2], como todo lo que engloba talismanes, fórmulas protectoras y las variadas formas de magia tribal, con la aparición de Muhammad se asimila este símbolo como propio, dándole un significado más fuerte y vinculándolo mediante leyendas y relatos al mismo origen de la Revelación. Aunque en realidad poco tenían estas leyendas de contrastadas o veraces, arraigaron en la cultura común y hasta hoy se siguen manteniendo —ejemplo de ello es comparar los cinco dedos con los cinco pilares del Islam o con las cinco letras del nombre Allah, aludir a la marca de la mano sangrante de Fátima, o a los cinco miembros más destacados de la familia del Profeta, entre otras—.
Las propiedades de este talismán han sido muchas y muy variadas; la más común y conocida sería la protección contra el mal de ojo, pero también es símbolo de buena suerte, de alejar malos espíritus o incluso de hospitalidad. Resulta como poco curioso que, cuando se dibuja una khamsa, la representación sea simétrica y resulte imposible diferenciar si se trata de la mano izquierda o la derecha. Aunque el Corán asocia el bien y el mal con derecha e izquierda respectivamente (suras 69,25 y 84,7), esto no se tradujo a la iconografía. Tal vez porque el sentido poderoso de ambas manos seguía latente en el pensamiento musulmán, y para ciertas prácticas no bastaba con una extremidad, sino que las dos eran necesarias. Nadie querría que una mano maligna mediase en los rituales mágicos, así que simplemente se recoge un dibujo perfectamente identificable, pero que no cae en juicios de valor.
Significativo es el hecho de que este talismán tenga tanta validez en nuestros días, como siempre la ha tenido. La khamsa se ha convertido en un adorno popular, y no es extraño seguir encontrándola en los mismos soportes medievales (bisutería y textil). De hecho, es habitual encontrar el la palma de la mano un ojo insertado —y si es de color azul, mejor—. Venetia Porter[3] y Noelia Silva también mencionan este hecho, que justifican de manera práctica: la khamsa fundamentalmente protegía contra el mal de ojo o aojamiento. Y todavía el ojo azul se comercializa con este fin, con o sin mano. Esto invitaría a la reflexión de que, quizá, no hemos cambiado tanto si utilizamos, aunque sea de manera evocadora, los mismos amuletos que nos protegen frente a los mismos miedos.


Khamsa rodeada por tres pájaros
Restos pictóricos en la jamba de la entrada de una primitiva casa musulmana datada en época califal, siglo X
Sótanos del Cardenal Cisneros, Toledo

Los restos pictóricos encontrados en lo que hoy se conoce como “sótanos del Cardenal Cisneros” resultan muy interesantes desde el punto de vista iconográfico, histórico y cultural. Aunque la casa se ha fechado en época califal, siglo X, muy probablemente estuviera reaprovechando una construcción visigoda, de manera que el análisis de la estructura nos daría datos muy interesantes de la evolución urbanística de la ciudad. Sin embargo, no vamos a detenernos en eso, sino en la imagen. Representa, en efecto, una khamsa flanqueada por tres pájaros, que a partir de la información proporcionada por el Consorcio de Toledo se han identificado con colibríes, aludiendo a la esbeltez del cuello y el pico. Podría tratarse también de pavos reales, teniendo en cuenta las largas colas; este animal no es extraño en las representaciones islámicas —aunque tiene una connotación bastante negativa de la que quizá hablemos otro día—, pero no podemos estar seguros. Lo que sí podemos afirmar es lo evidente: siguen ahí. Y la pregunta es, ¿por qué?
En este caso la imagen correspondería con la mano izquierda; la derecha estaría ubicada en la jamba de enfrente, de manera que la puerta quedaría, de alguna manera, “sujeta” por las dos palmas, como si la entidad protectora a la que se alude estuviera sosteniendo la entrada de la casa. Podemos percibir el sentido apotropaico de la representación, además en un lugar poco habitual, ya que la mayoría de ejemplos conservados en arquitectura suelen colocarse en las claves de los arcos —como la famosa khamsa de la Puerta de la Justicia en la Alhambra, siglo XIV—. La puerta es, en el mundo musulmán, un elemento fundamental y cargado de significado. Supone el intermediario entre lo privado y lo público, entre lo vivo y lo muerto. Un lugar tan especial debía estar muy bien protegido.
No obstante, sabemos que esta casa islámica estuvo ocupada posteriormente por cristianos. ¿Por qué no se borró esta imagen? El sentido común invita a pensar que, como propone la profesora Silva, este símbolo estaba tan a la orden del día que trascendió las fronteras de lo religioso, especialmente en la Península Ibérica donde el contacto fue casi constante entre las tres religiones del libro. Así que el nuevo inquilino vería en esta khamsa exactamente lo mismo que su predecesor: un amuleto que protegería su hogar de los malos espíritus, que al fin y a la postre no importaba si se llamaban demonios, djinns o she’dim.





[1] SILVA SANTA-CRUZ, Noelia, “La mano de Fátima”, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. V, nº 10, 2010, pp. 17-25.
[2] En las últimas décadas del siglo XIX, Lionel Bonnemère apuntaba a una absorción de la mano como talismán a partir de unas estelas cartaginesas, que aludían a la mano de Dios. Visto en: LE QUELLEC, Jean-Loïc (2010): “Le main apotropaïque et la nébuleuse des signes”. En: BAYARD, Florence; GUILLAUME, Astrid (dirs.): Formes et difformités médiévales. En Hommage à Claude Lecouteux. Presses de l’Université Paris Sorbonne, París, p. 257.
[3] PORTER, Venetia, “Talismans and talismanic objects”, en: MERI, Josef W. (ed.) Medieval Islamic Civilization: an encyclopedia. London, Routledge, 2006, pp. 794-795

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