01 marzo, 2014

Espíritus guardianes: los ángeles medievales

¿Qué puede existir en la iconografía cristiana más representativo que un ángel? Las descripciones bíblicas se unen a las tradiciones artísticas de las culturas que convivieron con el mundo hebreo para configurar la imagen de estos seres divinos, que se mantuvo durante toda la Edad Media. Desde los seres alados del mundo egipcio –en esta mitología las alas son un distintivo de divinidad, de manera que la mayoría de personajes las tienen– hasta las victorias griegas, el imaginario cristiano optó por una adaptación antropomórfica para representar un ser asociado a la incorporeidad, la adoración y la salvación o el castigo[1]. Si bien la diferenciación entre las categorías de estas criaturas divinas no se hace presente en lo ordinario –el Pseudo-Dionisio Areopagita distinguió hasta nueve coros celestiales basándose en fuentes bíblicas (s. V-VI)[2]–, aparecen claramente diferenciados los arcángeles; tres para la iglesia occidental, que en 746 estableció la creencia válida en Miguel, Rafael y Gabriel, durante el Concilio de Letrán, mientras que la iglesia oriental añadía a Uriel a este grupo, poniendo al conjunto en paralelo con las representaciones del Tetramorfos o los cuatro puntos cardinales. El ser alado, que puede ser condescendiente o implacable, es desde luego una de las imágenes estrella de la religión cristiana.
El referente de la Antigüedad Clásica es el más sencillo de asociar e identificar  con estas misteriosas criaturas. Pero quizá sería más interesante centrarse en su origen ancestral, en ese ente protector que desde tiempos remotos ha concebido la humanidad. El “ángel de la guarda” no es una entidad que se inventase en el siglo V; la profesora Irene González[3], de la Universidad Complutense de Madrid, describe cómo figuras egipcias o asirias evocan estas formas, estos ancestros protectores que, casualmente, también lucen alas. El papel jugado por el mundo grecorromano en la configuración de los ángeles cristianos es indiscutible, pero tampoco es algo que estas culturas extrajeron de la nada.
Resulta muy interesante remontarse a las figuras de seres protectores, alados y rápidos, guardianes que velan por los hombres y les evitan el peligro, pero que también los castigan por su incompetencia o desobediencia a fuerzas divinas mayores. El ser humano necesita sentirse protegido, y tal vez por ello se provee de formas incorpóreas y poderosas, envueltas en llamas como los serafines, con cuerpo de bestia como los asirios, o con alas que los hagan prácticamente teletransportarse de un lado a otro, en función de la necesidad. Y son criaturas tan arraigadas en el pensamiento cultural que atraviesan las barreras de lo informe para tomar cuerpo en el arte, de modo que contamos con imágenes tan increíbles como las que la profesora González facilita al final de su artículo. Como muchas otras representaciones, son el testimonio de una herencia cultural muy potente y al mismo tiempo imagen de un nuevo pensamiento e ideología que perdurará hasta nuestros días.


Muhammad recibe la primera revelación del arcángel Gabriel
Miniatura del libro Jami’ al-Tawarikh, de Rashid al-Din. Publicado en Tabriz, Persia, 1307
Actualmente se encuentra en la Edinburgh University Library, Escocia

Sería un error pensar que toda la tradición angélica anterior, en todas sus variantes, se condensó en el cristianismo y de esa manera se mantuvo a lo largo de los siglos. Otras creencias también tienen su visión particular de los ángeles, y una de las más importantes, hermana religión de libro, es el Islam. En la tradición coránica, los ángeles no tienen voluntad propia como podrían desarrollarla los djinn –genios– o los seres humanos, sino que están sujetos en todo momento al deseo de Dios y a sus órdenes. Se los menciona en contadas ocasiones tanto en el libro sagrado como en el hadith, la tradición de dichos del Profeta, con el nombre de mala’ikah, y también en esta religión tienen su propia jerarquía. Al fin y al cabo, la religión musulmana toma prestada gran parte del Antiguo Testamento para su configuración.
En concreto nuestra imagen aparece recogida en unas crónicas que pretendían narrar la historia del mundo. Fue de patrocinio mongol, elaborada en Persia, escrita por Rashid al-Din e ilustrada por una veintena de artistas y calígrafos. La imagen no muestra ninguna preocupación por el espacio en que se desarrolla la escena, sino que dirige toda su atención hacia las dos figuras. Se trata de la primera revelación que tuvo Muhammad, de la mano del arcángel Gabriel, cuando le desveló la palabra de Dios.
La figura del ángel es controvertida. Está vestido y tocado al modo oriental, clara herencia y marca de los promotores de la obra. Todo el Jami’ al-Tawarikh se distingue por el aspecto mongol de sus figuras, que previamente habían recogido toda la tradición persa de iluminación de manuscritos. El trazo es lineal y marcado, que muestran una incipiente preocupación por el volumen con contrastes de colores en los pliegos de los vestidos, con rostros elaborados pero tipificados. Los colores son vivos y de una alta calidad, ya que se adhieren muy bien al soporte de papel.
No obstante, tal vez lo más significativo de esta representación sean las alas que luce Gabriel. Para empezar, no están en la espalda, sino en los brazos, lo que indica que debería moverlos para volar. Además, la forma recuerda a figuras de mitología persa anterior, como el pájaro divino Simurgh, las Treinta Aves, ya las formas aladas que ya en tiempo de los sasánidas se representaban en los palacios. Incluso le colocan una corona en la cabeza, para remarcar la presencia que de por sí tiene el ángel mensajero de Dios; corona que podría estar adornando las mismas cabezas de los khanes en ese momento. Estamos, pues, ante una concepción visual totalmente diferente de la cristiana, para representar personajes idénticos.
De hecho, el manuscrito entero prueba que el aniconismo islámico no fue tal en Oriente, como tampoco lo fue en Occidente, y que desde luego las representaciones humanas no estaban prohibidas, siempre que se tratase de un contexto laico. Sorprendente desde luego es que aparezca incluso el rostro del Profeta, rasgo muy poco habitual y significativo[4]. Esto llama la atención sobre un amplio campo iconográfico todavía por investigar, en el mundo musulmán oriental.





[1] Ilustrativo de esto es la representación del pasaje bíblico sobre la mula de Balaam, que se niega a caminar por más que la fustigue su dueño porque un ángel se ha detenido frente a ella. La imagen se encuentra en las catacumbas de Priscila, en Roma, y no se representa al ángel.
[2] Según el Pseudo-Dionisios, los nueve coros estarían divididos en tres órdenes de esta manera: serafines, querubines y tronos (primer orden o Consejeros); dominaciones, principados y potestades (segundo orden o Gobernadores); virtudes, arcángeles y ángeles (tercer orden o Ministros).
[3] Sobre la iconografía de los ángeles, ver: GONZÁLEZ HERNANDO, Irene, “Los ángeles”, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. I, nº 1, 2009, pp. 1-9.
[4] Elaborado a partir de lo encontrado en: ROXBURGH, David J., “Painting, miniature”, en: MERI, Josef W. (ed.) Medieval Islamic Civilization: an encyclopedia. London, Routledge, 2006, pp. 583-86; y en: GRABAR, Oleg, Mostly Miniatures: an introduction to Persian Painting, Priceton University Press, Priceton, 2000

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