05 marzo, 2014

El eterno jardín del Islam

El Paraíso es un sueño perseguido por una cantidad considerable de religiones; un lugar de descanso y disfrute eterno, donde las penurias de esta vida no se recordarán, donde si debe predominar un sentimiento, ése será el de gozo, el de dicha. Para una creencia como la musulmana, nacida en el desierto, no es de extrañar que se represente este premio de la eternidad como un jardín. La influencia de religiones anteriores, como la judeo-cristiana pero también las creencias mesopotámicas, hizo su aportación a la creación artística de igual manera en el Islam.
Si bien es cierto que el Corán no especifica dónde se encuentra el paraíso o qué aspecto tiene, proporciona detalles como los expuestos por la profesora Noelia Silva, de la Universidad Complutense de Madrid, en su artículo sobre el tema[1]: abundancia de alimento, placeres tanto intelectuales como sensoriales, agua corriendo de manera constante. Si se piensa un momento, la asociación de este jardín con Hom, el árbol de la vida, no puede ser sino lógica. La promesa de la eterna felicidad animaría a los creyentes a tener una conducta más piadosa y un comportamiento camino de lo ejemplar, o ése es el planteamiento desde el dogma.
Pero que no existan descripciones concretas del Paraíso no quiere decir que no se pueda elucubrar sobre él. Los poemas, hadiths, miniaturas e incluso tratados de filosofía florecieron a lo largo de todo el Islam medieval, con la intención de concretar y buscar el verdadero significado del jardín, la mejor manera de comprenderlo. Se tradujo en la arquitectura de los grandes palacios como un jardín ordenado, no una selva donde cada animal y vegetal crecía libremente. Si nos fijamos en las plantas de estos edificios encontraremos jardines divididos por canales de agua, con el espacio perfectamente repartido y el surtidor central. Es fundamental ubicarse en la mente del musulmán, que venera aquello que le falta: el agua.
En otras fuentes, sin embargo, el Paraíso aparece cercado por una cadena montañosa con ocho puertas[2]. Ibn ‘Abbas ubicaba estas ocho clasificaciones según se ascendía en la escala celeste, en función de los méritos de cada elegido, pero Sahl ibn Saad, uno de los sobresalientes compañeros de Muhammad (as-sahaba), hablaba de estas puertas, por donde se accedería en función de las buenas acciones del creyente para con la religión. Sus palabras fueron recogidas por al-Bukhari en su compilación de hadiths, Sahih al-Bukhari, considerado por la comunidad musulmana como una de las versiones más válidas y verdaderas.
La utilización del número ocho bien puede tener un antecedente salomónico, que asumió la estrella tartésica de ocho puntas, en un principio símbolo del sol, como signo de magia y poder.  Teniendo en cuenta que se está hablando del Paraíso, la fuerza de este antecedente iconográfico puede ser la suficiente como para representar esas ocho puertas.
La representación del paraíso conceptual, como describía la profesora Silva, puede aparecer en cualquier formato en el arte musulmán, encontrando su mejor aliado en la decoración arquitectónica. El soporte fue al principio pétreo, como nuestra primera imagen ilustra, pero poco a poco se fue cambiando por el yeso, material mucho más dúctil y, por lo tanto, sencillo de trabajar. Abstraerse en las formas vegetales, comúnmente denominado «ataurique» –del árabe tawriq, «follaje»–, puede esconder, como el artículo proponía, imágenes del Paraíso y recreaciones de Hom, el árbol de la vida. El jardín de la eternidad, lleno de árboles de todas clases, frondosa vegetación y especies de todas clases, resultó un tema socorrido para cubrir las paredes de los edificios, tanto sacros como laicos, y finalmente se concibió como una de las características principales del arte islámico.


La apoteosis de la vid 
Piedra tallada del palacio de Mshatta, Jordania, 744
Actualmente se encuentra en el Pergamonmuseum, Berlín

La placa fotografiada del palacio de Mshatta no solo nos muestra una exhuberancia vegetal, que se enreda y recorre toda la piedra como si estuviese viva, sino que el artista se permitió incluir diferentes animales, como palomas o pavos, cuyo exotismo también está relacionado con el Paraíso. Significativos son los dos leones, que tienen una relación directa con los soberanos a lo largo de toda la iconografía[3], evocando valores como la ascendencia regia, la fuerza y el poder. Estos dos animales están bebiendo de una fuente, que también puede relacionarse con los ríos que, según el Corán, recorrían el Paraíso. 
Pese a que las especies vegetales en las representaciones suelen ser más o menos abstractas en la mayoría de los ejemplos, en la placa de Mshatta vemos que las hojas de parra destacan de manera importante. El hecho de que se escoja la vid para predominar en esta escena no es casual. Según nos cuenta Bernard O’Kane[4], el probable mecenas de Mshatta, al-Walid II, era un notable aficionado al vino, de manera que la decoración de su palacio bien podía estar relacionando a su promotor con esta planta. También pudiera ser un avance de lo que a este soberano Omeya le esperaría en el Paraíso, donde el propio Corán promete en la sura 47, 15: «habrá en él […] arroyos de vino, delicia de los bebedores»[5].


El ángel Ruh sosteniendo las esferas celestiales
Ilustración del ‘Aja’ib al-makhluqat wa-ghara’ib al-mawjudat, segunda mitad s. XVI
Actualmente en el Ashmolean Museum, Universidad de Oxford

Como complemento a este pequeño artículo, se ha querido añadir la ilustración de un códice iraní, donde se representa al ángel Ruh, el Espíritu Sagrado del Islam, aquel más poderoso. Lo vemos cargando con las ocho esferas celestes, imagen de los ocho paraísos de los que hablaba Ibn ‘Abbas, en el siglo VII.




[1] SILVA, Noelia, “El Paraíso en el Islam”, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. III, nº 7, 2011, pp. 39-49.
[2] Según ibn Saad, las ocho puertas son: al-Imam (la oración), al-Jihad (el esfuerzo), al-Kadhemean al-Gaidh (los que retienen la rabia), al-Raiyan (el ayuno), al-Radiyeen (los que eliminan el enfado), as-Sadaqa (la limosna), at-Taubah (el arrepientimiento) y as-Salat (el rezo).
[3] Sobre la iconografía del león en la Edad Media, ver: GARCÍA GARCÍA, Francisco de Asís, “El león”, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. I, nº 2, pp. 33-46.
[4] O’KANE, Bernard, Tesoros del Islam. Maravillas artísticas del mundo musulmán, Blume, Barcelona, 2008, p. 31
[5] Obtenido de la versión de Julio Cortés, en Herder, Barcelona, 2005.

1 comentario:

  1. Me he leído los tres artículos más recientes, hasta la del dragón.

    Enhorabuena por el blog. Voy a decir algo que suena estúpido y redundante, pero yo me entiendo: siempre es interesante leer cosas interesantes. A veces me enfado un poco conmigo misma por no aprovechar más el tiempo y no estar aprendiendo más sobre historia, cultura general y otras cultura,s porque me gustan estas cosas. Pero entre que siempre piensas que quieres hacer mil cosas, y tampoco sabes muy bien por dónde empezar a buscar...

    Así que, este blog es una forma fácil de culturizarse un poquito y aprender cosas nuevas. Me ha parecido muy interesante esta del paraíso, porque solo tenemos en la cabeza la visión cristiana, y es curioso conocer otras percepciones. Lo de que en el Islam los ángeles estén sometidos a la voluntad de Dios también me ha llamado la atención. Y me encanta la ilustración del dragón con las osas, es un amor.

    Seguiré leyendo cuando pueda : )

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