24 febrero, 2014

La esencia del libro medieval: el pergamino

Los manuscritos medievales tuvieron un material como soporte por excelencia: el pergamino. Aunque el papel era conocido por los árabes desde el siglo VIII (otro día hablaremos de la historia de cómo consiguieron hacerse con este celosamente guardado secreto), son desde luego muy abundantes los ejemplares occidentales fabricados en este material de origen animal. Se obtenía de ovejas, terneras o cabras, y pasaba por un proceso artesanal muy complejo. Los libros miniados ya suponían una fortuna antes de escribirlos. Hacía falta una treintena de ovejas para producir, más o menos, cien páginas. La piel de los animales se limpiaba en un baño de agua con sal, y después se eliminaba el pelo con unos rascadores. Volvía a lavarse con ceniza, se raspaba, esta vez con piedra pómez, y finalmente recibía un tratamiento a base de colas, miel, rabo de buey y albúmina. Con el paso del tiempo, se cambió por el papel.
En general, iluminar un códice resultaba una inversión carísima y con un proceso muy complicado. En primer lugar era el calígrafo el que se encargaba de escribir, dejando un espacio reservado para el lugar donde irían las miniaturas. El artista actuaba más tarde, con un primer esbozo en punta de plomo, que dejaba un ligero relieve. Si se quería borrar, se utilizaban raspadores y espátulas para alisar de nuevo el pergamino; a veces podía emplearse la miga de pan. Los colores se hacían a base de plomo y en general la paleta era de origen mineral.

Ilustración de un scriptorium medieval en el "Libro del ajedrez" de Alfonso X el Sabio (1251-1263)
Ilustración de un scriptorium medieval.
Extraído de la producción de códices de Alfonso X el Sabio (1251-1281),
posiblemente del
Libro de axedrez.

La palabra “miniatura” no se refiere a una obra de pequeño tamaño, a pesar de que el término se utilice para ello en la actualidad. Proviene de “minio”, un óxido de plomo con el que se fabricaban los pigmentos usados para iluminar los códices; el minio es el mineral que proporciona el color rojo. En la Península Ibérica este arte se desarrolló de manera increíble, dando lugar a una rama artística singular (vienen a la cabeza la increíble colección de Comentario al Apocalipsis ilustrados a partir del texto escrito por el monje Beato, en 776, de los que hablaremos también en otra ocasión). Sin embargo, el códice iluminado compartía allá donde fuese las mismas características. No importaba si la mano de obra era cristiana, islámica o judía.
Tenía, como rasgo más destacable, una fuerte esencia de temporalidad. Un libro miniado siempre está unido a un texto, hace falta leerlo para comprenderlo y la acción de la lectura significaba invertir las horas de sol en el libro. Eran estas las horas dedicadas al trabajo, lo que aporta otro matiz sobre la importancia no sólo de realizar, sino de leer un códice miniado. Los eruditos buscaban los libros con las horas de sol. Además, cada uno resulta único, ya que por más fiel que sea la reproducción, siempre será una copia, al mismo tiempo que las copias se convierten en obras irrepetibles. En aquella época los libros se leían en susurros, era una forma de homenajear a la voz contenida dentro de ellos. Los libros requerían una implicación vital total, por parte del lector y por parte del artista; una actividad que casi rozaba lo sagrado. Cada lector erudito debía asimilar, interiorizar, memorizar, difundir y actuar en consecuencia de lo que contenía cada ejemplar. Creaban al mismo tiempo formas de pensar y modos de vida.
También interviene de manera notable el factor memoria. Durante la Edad Media uno no terminaba de ver algo si no lo memorizaba. Las miniaturas favorecían el aprendizaje, podían ser un claro reflejo del texto al que acompañaban. La memoria fotográfica no nos resultará desconocida, porque nosotros mismos relacionamos conceptos con imágenes a lo largo del día, evocando momentos puntuales, fragmentos de libros, ideas abstractas. El artista, al ilustrar el texto, estaba ayudando no solo a comprenderlo, sino a asentarlo dentro del pensamiento y el recuerdo de aquel que lo leería después. Aunque es importante destacar que el miniaturista no puede aportar nada que no esté en el texto, pero debe incluir todo cuanto este en el texto. Asimismo, la miniatura siempre ha tenido un fuerte criterio de continuidad. Lo hecho anteriormente condiciona mucho a los iluminadores posteriores.
En eso consistía la intelectualidad medieval: cuanto más asentado estaba con la tradición, cuando mayor era el vínculo, el producto resultaba más válido. Sin embargo, esta idea no era contraria a introducir, poco a poco, novedades en el campo formal. Como todo arte, las miniaturas estaban sujetas a las influencias, los gustos e incluso los materiales de cada espacio geográfico donde eran concebidas. Atendían a aspectos concretos, a circunstancias específicas a pesar de estar copiando el mismo ejemplar. Esto puede darnos una idea de hasta qué punto los manuscritos son testimonio no solo de una manera de pensar, sino de un momento muy puntual en la historia, donde el pensamiento del ser humano se queda plasmado sobre papel, pergamino, o cualquier soporte.
Además, por más que se estuviera copiando, no podemos ningunear al copista o al iluminador que se ponía manos a la obra. En otra ocasión hablaremos de ellos, de cómo trabajaban y, también, de cómo sus pequeñas marcas personales quedaban sobre las obras, llegando hasta nuestros días.  

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